Hace tiempo descubría este término leyendo un artículo de El País, donde se trata el concepto Tecnooptimismo como una “ideología favorable al mejoramiento humano para hacerlo más inteligente”. Después de darle unas cuantas vueltas al tema ratifiqué mi postura y he sumado a la lista de adjetivos que me describen el de tecnooptimista.
En un mundo donde los cambios son cada vez más rápidos y se multiplican exponencialmente es difícil predecir cómo seremos en 100 años, pero en lo que sí estaremos de acuerdo es en que la tecnología ocupa cada vez un lugar más relevante en nuestras vidas. El WiFi ha pasado incluso a ser una necesidad básica para las nuevas generaciones y podríamos decir que hemos dividido el mundo en dos grandes grupos: los que pueden vivir sin el WiFi y los que no, es decir, aquellos que crecieron con Internet y las redes sociales en los bolsillos.
A pesar de encontrarme en el primero de ellos soy consciente de que mis hijos ya pertenecen al segundo y dependerán en mayor medida de la tecnología , pero también les aportará mejoras que no somos capaces de predecir. Cada día veo nuevos desarrollos para mejorar la salud, el medio ambiente, acercar la educación donde no llega, incluso volver a reunir a los exiliados de un país en guerra. Grandes desconocidos intentan poner su granito de arena para construir un mundo mejor, y lo que es más importante, con resultados globales que lleguen a todo el planeta. Podrías pensar que soy una ingenua pero yo prefiero autodenominarme “tecnooptimista”. Por supuesto, no obvio que hay condicionantes económicos que pueden afectar más que el beneficio global, pero para combatir esta tendencia estamos los que educamos. Si queremos que la tecnología se desarrolle con ética debemos llevar la ética a la tecnología que hoy usan nuestros hijos.
Cuando estaba en primero de ingeniería uno de los catedráticos preguntó: ¿el ecógrafo es bueno o malo? El auditorio coreó que era bueno para permitir detectar enfermedades y resolverlas antes con alta probabilidad de éxito. El catedrático asintió y también nos dijo: “¿sabéis que en India está prohibido porque al conocer el sexo del bebé se producen numerosos abortos de niñas?”. En otra ocasión, Chema Amate del blog Think Big me ponía otro ejemplo: la bomba nuclear. Sin lugar a dudas uno de los inventos más destructivos del planeta, pero a pesar de ello sería el único arma con el que podríamos desviar al espacio cualquier meteoro o similar que llegase a la tierra originando la destrucción del mundo. Y podría seguir enumerando ejemplos de cómo la tecnología es sólo una herramienta de la que se puede hacer buen o mal uso.
Necesitamos seguir desarrollando herramientas que mejoren nuestro entorno (cada vez más global y complejo); a la vez que necesitamos gente que busque el bien común, que sea solidaria y colaborativa. Eduquemos para ello, pero no desde fuera de la tecnología, deben estar unidos inteligencia emocional y tecnología. El primer paso está en nosotros mismos, apliquemos el sentido común a nuestro uso cotidiano de los dispositivos.
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